
Nunca he sido bueno para escribir elegías. Siempre he oscilado entre la pena exterior --aquella que se expresa, más que sentirla--, y la tristeza oculta por genuina. Debe ser un talento coordinar ambas, llorar desde dentro del pecho pero no para la galería. Debe requerirse el milagroso balance que sólo ciertos seres humanos, como tú Mario, alcanzan.
"Un hombre alegre es igual a cualquier otro hombre alegre. Un hombre triste no se parece a ningún otro hombre triste". Siempre certero, siempre ingenioso, siempre auténtico. Pero sobre todo, siempre sencillo y trasparente. En una palabra: clásico.
Cuando las décadas y los siglos pasen (asumiendo que esta especie de virus macroscóspico que somos los seres humanos sobrevive), hombres y mujeres de los que nada sabemos, aquejados por cuitas o gozosos de amor, acongojados de adioses o exultantes de triunfo, leerán, en otras lenguas, en formatos que ni siquiera podemos imaginar, tus palabras, Mario. Recorrerán con su mirada emocionada tus versos, tus cuentos, tus novelas. Y han de parecerles, como dijera tu colega Juan Gonzalo del Perú, la primera canción con que soñaron.
Los que hemos amado tus decires podremos, así, partir de esta existencia hermanos de nuestros compañeros del futuro, conciudadanos de la eternidad de las ideas y de los sentimientos.
Porque cuando un ser humano de talento y sensibilidad se descubre el pecho y extrae lo más individual, lo más único de sí, el resultado es siempre un maravilloso y atemporal espejo en el que cada uno reconoce su propio rostro.
Adiós, Mario. Mejor dicho: hasta siempre. Porque tú, como todos los grandes, con la muerte recién empezarás a vivir de verdad, ya no limitado por la mediocridad del cuerpo, puro espíritu, pura idea, puro lirismo universal.